Concentrado en los preparativos para mis actividades recientes en San Luis Potosí, pasé por alto una efeméride –del 13 de noviembre- que me recuerda el incesante paso del tiempo. Se trató del 25 aniversario del estreno de una adaptación cinematográfica –no hay que considerarla un remake– de una obra a la que debo tanto y con la que mantengo un diálogo constante. Era un joven estudiante universitario cuando la vi por vez primera en el desaparecido cine Pedro Armendáriz, que se ubicaba a la orilla de los Estudios Churubusco, en el terreno que hoy ocupa el Centro Nacional de las Artes y que posteriormente ha albergado a dos exhibidoras comerciales. Era temprano y casi no había personas en la inmensa sala. Por eso pasó desapercibida mi emoción cuando, después de un brillante prólogo, escuché la poderosa partitura del difunto Wojciech Kilar y leí en pantalla grande “Drácula de Bram Stoker”. Mis ojos se humedecen al recordarlo –cuando envejeces te haces más chillón-. No sólo se le reconocía su mérito al escritor irlandés por primera vez en gran formato, sino se endosaba su buen nombre al título de su creación.

Lo que ocurrió en los siguientes 128 minutos, autoría de James V. Hart –guionista de Hook, el regreso del Capitán Garfio (Steven Spielberg, 1991)-, se alejaba de la intención original de la novela de Stoker. Ya me lo advertía su publicidad, “El amor nunca muere” y lo reforzó la línea “he cruzado océanos de tiempo para encontrarte”. Debemos recordar que no se trata de una historia de pasiones interrumpidas o reencarnaciones. “Drácula no es una historia de amor”, pensé. Es el duelo entre oriente y occidente, el pasado y el futuro, entre el pensamiento racional y el pensamiento mágico. Pero tantas virtudes me hicieron olvidar la exigencia comercial de añadir melcocha de los grandes estudios. Estaba ante la más fiel y respetuosa traslación posible, resuelta con maestría –a la vieja usanza y sin efectos generados por computadora- por un cineasta en el más amplio sentido del término. Siempre estaré agradecido con Francis Ford Coppola por ella.

Hablé de su fidelidad. No sólo por su narrativa –epistolar, como la propuso Stoker, a través de entradas de diarios, grabaciones fonográficas, reportes periodísticos-, el respeto a sus personajes principales –era la primera vez que se incluía a Quicey P. Morris (Bill Campbell)-, subtemas y espíritu general. Cuenta también (y perdón por el abuso de adjetivos) excelentes actuaciones, un estupendo diseño de producción de Thomas Sanders, un magnífico diseño de arte de Andrew Precht, una fotografía sobresaliente de Michael Ballhaus, un vestuario exquisito de Eiko Ishioka.

El guión de Hart es preciso, fiel a la atmósfera y contenidos subyacentes planteados por el irlandés. Especialmente en lo relativo al contenido sexual no descubierto por los lectores de su tiempo. Por momentos es como un sueño erótico; por otros, como una pesadilla. La escena donde las tras novias vampiro (Monica Bellucci, Michaela Bercu y Florina Kendrick) seducen a Jonathan Harker (Keanu Reeves) es inquietante, una violación tumultuaria, como cuando Jack Seward (Richard E. Grant), Arthur Holmwood (Cary Elwes), Morris y Abraham Van Helsing (Anthony Hopkins) clavan una estaca a la vampirizada Lucy Westenra (Sadie Frost). Tiene muchos momentos afortunados,  como ese declarado homenaje a los albores del cine –que nació como el inmortal conde transilvano en el ocaso de siglo antepasado-, la mención a otra brave new woman como Marie Curie, ese anunciante callejero que promovía a Henry Irvingel hombre que fue Drácula– en el Teatro Lyceum o la alusión necesaria al Hada Verde del Ajenjo. El momento donde el sabio Van Helsing llega a la residencia de los Murray es un declarado homenaje al inolvidable arribo del sacerdote Lankester Merrin (Max von Sydow) en El Exorcista (William Friedkin, 1973). Ambos acudían a salvar el alma y el cuerpo de sus habitantes. El guionista también se toma la libertad de dar al relato un prólogo, donde nos presenta inequívocamente la identidad del malvado personaje central, cosa que sólo se insinúa en la novela de Stoker. Esto era ineludible considerando el peso de su referente histórico –el Voivoda Vlad Drácula– y ya había ocurrido antes en esa versión de Dan Curtis (1973) estelarizada por Jack Palance (que por cierto cuenta con un guión de Richard Matheson). También están sus narraciones paralelas –muy usadas por Coppola en sus aventuras de la familia Corleone-, como la boda de los Harker y la primera muerte de Lucy.

Con el tiempo puedes notarle las costuras, pero eso no afecta el resultado. Como la escena donde Renfiled (Tom Waits) se lanza al costado derecho del cuello del Dr. Seward y al ser rescatado por los ordenanzas de su hospital psiquiátrico se lleva inmediatamente la mano al lado opuesto.

El vestuario de Ishioka, que le valió con justicia un premio Óscar, es rico en texturas, colores y simbolismos. Prescinde del frac, el medallón y la capa negra que todos conocemos para moverse en una dirección más acorde al relato. Por ejemplo, la primera capa de Drácula. Roja, que en esa toma en picada semeja una gran gota de sangre, o el vestuario de Mina dominado por tonos verdes, asociado con la vida y en algunas culturas con el amor y el deseo carnal. También ganó ese codiciado premio en las categorías de Mejor edición de sonido (para Tom C. McCarthy) y Mejor maquillaje (para Greg Cannom, Michèle Burke y Matthew W. Mungle).

Y por supuesto brillan sus antagonistas: interpretados por Gary Oldman, uno de los más talentosos actores de su generación, capaz de mostrarnos tragedia, carisma, pasión y la más genuina malevolencia, y Hopkins, quien se hizo merecedor del papel luego de su laureada actuación como Hannibal Lecter en El silencio de inocentes.

Me mesuro de profundizar en sus influencias, como su versión (de 4 partes con sus respectivas tarjetas coleccionables) en cómic de Roy Thomas y Mike Mingnola (papá de Hellboy) hecha por la compañía Topps, o el segmento “Drácula de Bart Simpson” en la cuarta emisión de la tradicional Casita del Árbol del Horror de la inevitable familia Simpson. Más recientemente, segmentos de la partitura de Kilar fueron utilizados en la primera temporada del serial American Horror Story.

En fin. Nos encontramos ante una película irrepetible. La longitud de este texto habla por sí sola. Comprobé su perdurabilidad la noche del 19 de abril de 2012, cuando Radio UNAM la programó en un maratón de cine que honraba la memoria de Bram Stoker en el centenario de su entrada a la inmortalidad. Esto fue en su sala Julián Carrillo, un foro con capacidad de casi 250 personas. Tuve el honor de presentarla. Contra lo que anticipaba –a pesar de la hora- el auditorio estaba casi repleto. Esto fue motivo de mi más grata sorpresa: una película reconocida, que puede conseguirse con gran facilidad de muchas maneras y se transmite con regularidad en televisión, reunió a tantas personas para disfrutarla en pantalla grande, como una experiencia colectiva y con la complicidad de la oscuridad –como demanda todo buen vampiro-. Me emocionó que en los últimos momentos del metraje, cuando la valiente cofradía internacional de cazadores vampiros cabalgaban –como en un western para restaurar el bien, el reloj marcaba la medianoche. Nostalgia pura.

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es autor de la obra de teatro “El hombre que fue Drácula”. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido en un programa radiofónico.

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Written by Roberto Coria
Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.