Hace exactamente una semana, mientras me esmeraba en pagar deudas sangrientas, se cumplieron los primeros 130 años del nacimiento del inglés William Henry Pratt, cuyo inmortal nombre artístico abre la columna de esta semana. No recuerdo el momento preciso en que lo vi por vez primera. Lo seguro es que ocurrió en mi tierna infancia (en una matiné televisiva), en la película que le valió la inmortalidad (Frankenstein, James Whale, 1931). Fue una de las figuras que afianzaron mi amor por el género. Igualmente, tengo perfectamente claras dos emociones que me inspiró: compasión y empatía. No dejaba de preguntarme por qué las personas huían aterradas con sólo verlo, por más amenazante que parecía, si él no les hacía nada. Incluso me era claro que arrojar a esa niñita al lago y ocasionarle la muerte no fue un acto de maldad. Simplemente quería jugar con ella y ser aceptado. A pesar de su crimen involuntario, verlo torturado por el despiadado jorobado Fritz (Dwight Frye) o perseguido con antorchas por una turba de campesinos ignorantes me pareció absolutamente despreciable. Me dejó claro que el hombre es cruel con lo diferente, que el ser humano puede ser el peor monstruo. Y en contraste, por supuesto, me causó un profundo temor por su enorme estatura, su cabeza plana, los electrodos (les llamaba “tornillos”) en su cuello, sus cicatrices, sus gruñidos y su andar irregular.

Sabemos que debemos esa caracterización inolvidable al maestro del maquillaje Jack Pierce, y que fue el vehículo perfecto para que un actor talentoso realizara una de las interpretaciones más poderosas de la Historia de la Cinematografía. Es conocido que Bela Lugosi fue la primera elección para encarnar al personaje, oferta que rechazó por vanidad. Años más tarde, aceptó el papel por necesidad en el ocaso de su carrera en Frankenstein contra el Hombre Lobo (Roy William Neill, 1943). Sus facciones y edad avanzada (y su acento húngaro) no encajaban con la Criatura. No le pertenecía.

 

Hace cuatro años coordiné con Vicente Quirarte un curso que titulamos “El Canon Frankenstein”, que se centraba en el análisis y trascendencia de la novela de Mary Shelley. Tuvimos que decidir entre dos imágenes para promocionarlo: una ilustración original de su primera edición de 1818 y el expresivo retrato que todos conocemos. Sobra decir que ganó Boris.

Hablar de su interesantísima vida y de una fructífera carrera de más de 50 años (donde visitó tanto el cine, la radio, el teatro y la televisión) sería largo y ha ocupado libros biográficos enteros, como Dear Boris: The Life of William Henry Pratt a.k.a. Boris Karloff (2004) de Cynthia Lindsay o Boris Karloff: More Than a Monster (2011) de Stephen Jacobs. Podemos comprobar su talento en muchas formas. En internet, por sólo mencionar un ejemplo, se encuentra un episodio de la revista de variedades Shindig! (de octubre de 1965), en el que canta el tema “The Monster Mash” de Bobby Pickett, donde la sobriedad y elegancia contrastan con sus pegajosos acordes. Fue leal al cine que lo llevó a la cumbre. Incluso en su última película estadounidense Targets (Antes de morir, Peter Bogdanovich, 1968) interpreta al veterano actor de películas de horror Byron Orlok (un nombre evidente para los iniciados), cuyo retiro es interrumpido por un demente que planea cometer una masacre en un autocinema.

Boris Karloff se encuentra muy presente entre nosotros. Aparece, interpretado por Jack Betts, en una emotiva secuencia en la prodigiosa Dioses y monstruos (Bill Condon, 1998), donde un entusiasta planea reunir a James Whale (Ian McKellen) con sus monstruos. Su coestrella es encarnada por Rosalind Ayres. Hace unos días recordé que en 1935 fue acosado epistolarmente por el amarillento abuelo Abraham Simpson. Su respuesta fue contundente: “Señor Simpson, sus cartas constantes se están convirtiendo en una molestia. Si no cesa me veré obligado a tomar acciones legales”.

Uno de sus grandes devotos –de Karloff y su creación más perdurable- es nuestro paisano Guillermo del Toro, quien de lograr llevar la historia a la pantalla grande (como pretende desde hace años) sería responsable de la mayor felicidad de muchos. Comparte su fascinación con un vigoroso aliado, el escritor y dibujante Mike Mignola. Terminaré este texto –porque me quedan en el tintero varios tópicos- con una ilustración creada por él. La inspiran las icónicas presencias de Karloff y Elsa Lanchester en La novia de Frankenstein (James Whale, 1935). “Una de las situaciones más poderosas del libro es cuando el Dr. Frankenstein acepta hacer una novia para la Criatura y luego le dice que no lo hará. Creo que está a medio hacer y arroja las partes al lago. Y el monstruo le dice: Estaré contigo en tu noche de bodas, y asesina a la esposa”. Siempre he especulado qué habría sucedido de consumarse esa unión. Posiblemente, como prometió a su hacedor, se hubieran retirado a regiones remotas para vivir plácidamente en pareja. O engendrado una nueva raza de dioses monstruosos que asolarían a la raza humana, como temía Víctor. Las dos opciones suenan irresistibles.

Por lo pronto expresaré el sentir de todos: Siempre estaremos agradecidos con Boris Karloff. Su memoria y genio rebasan cualquier fecha en el calendario. Todos los días son suyos.

 

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y La conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es autor de la obra de teatro “El hombre que fue Drácula”. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido en un programa radiofónico.

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Written by Roberto Coria
Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.