Hablar de los dos principales actores de la era dorada del cine de horror estadounidense, Bela Lugosi y Boris KarloffLon Chaney Jr. completó el Triunvirato una década después- exige recordar el siguiente parlamento de la película Ed Wood (Tim Burton, 1994), escrito por Scott Alexander y Larry Karaszewski:

Conrad Brooks: ¿Sr. Lugosi? Sé que está muy ocupado, pero… ¿puedo pedirle su autógrafo?

Bela Lugosi: Ciertamente.

Conrad Brooks: ¿Sabe qué película suya me encanta, señor Lugosi? El Rayo Invisible. Estuvo genial como patiño de Karloff.

Bela Lugosi: ¿Karloff? ¿Patiño? ¡Jódase! ¡Karloff no merece oler mi mierda! ¡Ese inglés chupapitos puede pudrirse en el infierno por lo que a mí respecta!

Edward D. Wood, Jr: ¿Qué pasó?

Bela Lugosi: ¿Cómo se atreve ese idiota a mencionar a Karloff? ¿Crees que se necesita talento para interpretar a Frankenstein? ¡Es todo maquillaje y gruñidos!

Edward D. Wood, Jr: Bela, estoy de acuerdo contigo al 100%. Ahora, “Drácula”, ese es un papel que requiere talento.

Bela Lugosi: Por supuesto. Drácula requiere presencia. Todo está en los ojos, la voz y las manos…

La creencia popular coloca a los dos actores como acérrimos rivales, a pesar que los descendientes de ambos lo desmienten rotundamente. Al menos nunca he encontrado alguna declaración personal que lo desmienta. Por lo que sé, tuvieron una colaboración cordial en la docena de filmes en que participaron. Entre ellos se encuentran El gato negro (Edgar G. Ulmer, 1934) y El cuervo (Lew Landers, 1935), adaptaciones muy libres de los cuentos de Edgar Allan Poe, o El ladrón de cadáveres (The body snatcher, Robert Wise, 1945), basada en el relato homónimo de Robert Louis Stevenson. Ambos ayudaron de forma entusiasta en la promoción de todas. Y sin embargo, que Lugosi haya albergado algún tipo de resentimiento hacia Karloff sería perfectamente comprensible.

Pongámonos por un momento en los zapatos del húngaro –o su capa, si prefieren-: Luego de una juventud difícil, donde conociste los horrores de la guerra y todas las limitaciones económicas posibles, recibes recompensa al ser fiel a tu vocación dramática. Esto te permite salir de tu país natal y obtener fortuna en el extranjero. Migras a Estados Unidos, la Tierra de la Oportunidad, y te instalas con gran éxito en los escenarios teatrales por el personaje que a la larga te merecerá un lugar en la inmortalidad. Esa notoriedad te lleva a repetir tu papel en la naciente industria cinematográfica, con igual –o mayor- resultado. Te conviertes en una sensación mediática. Tu nombre artístico se vuelve sinónimo de miedo. Y de pronto, el nuevo mundo que comienzas a saborear termina.

La historia dice que, soberbio y embelesado por el encanto del Rey de los Vampiros, Bela rechazó el rol protagónico de la siguiente producción de los Estudios Universal, porque argumentaba que su presencia enigmática y perturbadora quedaría sepultada tras los prostéticos diseñados por el Amo del Maquillaje Jack Pierce, cosa que se dedicó a gritar a los cuatro vientos. Por otra parte, se dice que cuando Carl Laemmle, Jr. –el mandamás de la compañía- vio sus primeras pruebas de caracterización, estalló en carcajadas. Esto naturalmente llevó a la búsqueda de un reemplazo. ¿Qué ocurrió primero? ¿El rechazo o la descalificación pública? Eso es algo que Bela se llevó a la tumba.

Por otra parte, Karloff tuvo una vida y una carrera más amables que Bela. Mientras el húngaro, además de Drácula, sólo obtuvo reconocimiento como actor secundario –como el jorobado Ygor en El hijo de Frankenstein (Rowland V. Lee, 1939) o como el gitano Bela en El hombre lobo (George Waggner, 1941) y ganó notoriedad en su ocaso gracias al redescubrimiento del joven director Edward D. Wood, Jr., Karloff logró despojarse de la Criatura y emprender una trayectoria fértil en el cine, el teatro y la televisión. Por sólo citar un ejemplo pertinente en esta época, narró la versión animada de Cómo el Grinch se robó la Navidad (Chuck Jones, 1966), desprendida de la popular narración infantil de Theodor Seuss Geisel, mejor conocido como el Dr. Seuss. Además, verse obligado a aceptar el papel que dijo haber rechazado en el pasado –en Frankenstein contra el Hombre Lobo (Roy William Neill, 1943)-, debió ser una afrenta mayor a su orgullo. Karloff dejó de interpretar a la Criatura de Frankenstein por elección propia, y comprobó que había una vida tras ella. Boris tuvo una existencia apacible y murió rodeado de comodidades materiales. Bela, lamentablemente, no.

En el epílogo de la ya mencionada Ed Wood, se aclara que la venta de la memorabilia de las cintas de Lugosi aventaja en un margen sustancial a Karloff. Yo creo que ambos, por méritos propios, se colocan con justicia al mismo nivel como maestros indiscutibles del género cinematográfico que amo. Sin duda son en parte responsables que escriba sobre ello cada jueves. Los dos me asustaron cuando era niño, al igual que a miles de personas alrededor del mundo. Y eso, en mi humilde opinión, los hace eternos.

 

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y La conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es autor de la obra de teatro “El hombre que fue Drácula”. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido en un programa radiofónico.

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Written by Roberto Coria
Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.