Muchos estudiosos insisten en que la ciencia ficción, como la conocemos hoy en día, comenzó con las ficciones del francés Jules Verne o con el británico Herbert George Wells. No puede cuestionarse esta percepción, pues ambos aglutinan y dan solidez a los elementos que la definen. Sin embargo muchas otras fuentes –entre las que me sumo- insisten en que todo se gestó muchos años atrás, con las fantasías de una jovencita de 17 años. El 1 de enero de 1818, hace un poco más de 200 años, la editorial londinense Lackington, Hughes, Harding, Mavor & Jones tomó el riesgo de publicar la primera novela de Mary Wollstonecraft Godwin –que adoptaría el apellido de su futuro esposo-, decisión inteligente a la que debemos tanto.

 

Ella vino a este mundo el 30 de agosto de 1797 en el distrito londinense de Somers Town. Fue hija del eminente pensador político William Godwin y de la feminista Mary Wollstonecraft. Pero ella creció con el peso de una fatal realidad: su madre murió a los pocos días del alumbramiento. En muchas maneras, la muerte y la pérdida fueron las dos grandes constantes en su vida. Así lo revela el famoso retrato pintado por Richard Rothwell en 1840, con su sonrisa y mirada melancólica. Pero no nos adelantemos. Mary se convirtió en una joven intensa que convivió con muchos de los más importantes intelectuales y artistas del momento. Así conoció al poeta Percy Byshee Shelley, hijo de una prominente familia y devoto admirador de su padre. Inmediatamente sintieron una gran afinidad. Ella tenía 17 años y él 22. Lo que sigue no es diferente a un drama romántico. El muchacho, a pesar de que ya estaba casado, se enamoró perdidamente de Mary. Como la pareja no tuvo la aprobación de Godwin –quien sólo codiciaba el dinero de Shelley-, decidieron fugarse –los acompañó la hermanastra de Mary, Claire Clairmont– y comenzaron un peregrinar por el continente. Así, en el verano de 1816, llegaron a Suiza. Shelley decidió visitar a su amigo y paisano George Gordon, Sexto Lord de Byron, uno de los poetas más notables de la literatura inglesa, quien en ese momento se encontraba de vacaciones en compañía de su médico de cabecera y compañero de viaje John William Polidori. Byron había alquilado un caserón, conocido como Villa Diodati, a la orilla del Lago Léman en la región de Cologny. Así, en un escenario dominado por la lluvia, pasaron momentos cuya verdadera naturaleza sólo conocieron los involucrados. Algunos dicen que se entregaron a todo tipo de excesos –provocados por el siempre perverso Byron-, otros que se dedicaron a inocentes discusiones artísticas y filosóficas. En lo que los historiadores se ponen de acuerdo es que el 16 de julio –en una noche de tormenta-, luego de leer cuentos de la antología Fantasmagoriana; oui recueil d´histories, d´apparitions, de spectres, revenans, fantoms, etc. (1813), el anfitrión retó a todos a escribir una historia de miedo. Sólo dos de los tertulianos respondieron satisfactoriamente el reto. Polidori escribió El vampiro (1819), obra fundacional de un subgénero del horror, y Mary ideó Frankenstein, o el moderno Prometeo.

Dudo mucho que la joven imaginara siquiera las dimensiones de su creación, un relato imperecedero con lecturas inagotables. “Es más una novela filosófica que fantacientífica –aunque ostente un estatuto fundacional de este género-, que utilizó los códigos de la novela gótica cuando su ciclo literario ya se había agotado”, piensa el comunicólogo español Román Gubern. Isaac Asimov, el indispensable autor de Yo, robot, está de acuerdo con él y añade que “lo importante es que se trata del primer cuento en el que la vida se crea sin intervención divina, únicamente por medios materiales”. Vicente Quirarte asegura que “en tiempos de estudios de género, clonación e ingeniería genética, la novela de Mary Shelley dista de ser una ficción para el consumo efímero”. Desde su publicación en los primeros días de 1818, Frankenstein nunca ha estado fuera de circulación y se ha traducido a prácticamente todos los idiomas. Más allá, ha sido adaptada a todos los medios creados por el hombre: teatro, cine, historieta, series de televisión, Internet y videojuegos. Es curioso que su primera edición fuera anónima y contara con un prólogo de Shelley –convertido en su flamante esposo luego que enviudara- que da sustento y verosimilitud al drama:

Los sucesos en los cuales se basa esta historia han sido calificados por el Doctor Darwin y algunos de los escritores fisiológicos de Alemania como factibles

El Doctor al que se refiere Shelley es Erasmus Darwin, abuelo del famoso Charles. Sus sucesivas versiones, aparecidas en 1822 y 1831 le dan el justo crédito autoral.

 

La historia es por todos conocida, pero vale la pena recordarla: a través de las cartas del Capitán Robert Walton, intrépido marinero que buscaba –en beneficio de la humanidad-una nueva ruta hacia el Polo Norte, conocemos la trágica historia de Víctor Frankenstein de Ginebra, Suiza, hijo de una de las familias más acaudaladas de la región, que viajaba a la Universidad de Ingolstadt en Alemania para estudiar Filosofía Natural y descubrir los misterios de la vi. En el proceso se obsesiona con los estudios de alquimistas como Paracelso, Alberto Magno y Cornelius Agrippa, y con los descubrimientos sobre la electricidad de Isaac Newton, Luigi Galvani y Alessandro Volta. Emprende así el reto supremo: crear vida, convertirse en un Aprendiz de Dios.

Mary es suficientemente cautelosa e inteligente para no revelarnos los procedimientos de Víctor. Ese vacío es uno de las principales fortalezas del texto y tierra fértil para sus posteriores adaptaciones cinematográficas, con los relámpagos y toda su parafernalia eléctrica. Con eso evita caer en detalles que pueden distraer el efecto:

Una desapacible noche de noviembre contemplé el final de mis esfuerzos. Con una ansiedad lindante a la agonía, coloqué a mí alrededor los instrumentos que me iban a permitir infundir un hálito de vida a la cosa inerte que yacía a mis pies.

La Criatura, deseada en un principio, se convierte en una pesadilla para su Creador:

¿Cómo expresar mi sensación ante esta catástrofe, o describir el engendro que con tanto esfuerzo e infinito trabajo había creado? […] ¡Santo cielo! Su piel amarillenta apenas si ocultaba el entramado de músculos y arterias; tenía el pelo negro, largo y lustroso, los dientes blanquísimos; pero todo ello no hacía más que resaltar el horrible contraste con sus ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las pálidas órbitas en las que se hundían, el rostro arrugado, y los finos y negruzcos labios.

La Criatura, abandonada a su suerte por su “padre”, eventualmente cobra conciencia de su existencia y se convierte en un ser inteligente y sensible, vegetariano como los Shelley y Byron. Pero la crueldad del hombre la convierte en un ente terrible. Aniquila a su Creador, a todo lo que él ama, y finalmente obtiene la máxima venganza: se apropia de su nombre. Regreso a Román Gubern. “Como es notorio, el público ha transferido tradicionalmente el nombre del científico al monstruo que creó, en un desplazamiento lleno de sentido: el monstruo es, en efecto, el creador y su criatura es su víctima. De modo que el nombre compartido por ambos indica dos aspectos de la misma personalidad”.

 

Mary Shelley sobrevivió a su amado Percy, a Byron, a Polidori y a tres de sus cuatro hijos. Partió a su reencuentro el 1 de febrero de 1851, a los 53 años de edad. Presumiblemente a causa de un tumor cerebral, como lo demuestran su frecuentes jaquecas y la parálisis de varias de sus partes corporales. Pero el creador trasciende gracias a su obra, sin importar la forma en que abandonó el mundo físico. A 200 años, su Frankenstein conserva la capacidad de invitarnos a la reflexión y estremecernos, sea a través de los androides que buscan extender su vida y se rebelan contra su inventor, del millonario que revive dinosaurios con la intención de abrir un parque de diversiones, de la supercomputadora que desata el Juicio Final o las máquinas que nos tienen cautivos –soñando con el mejor mundo posible- mientras les proveemos de energía. El primer largometraje del holandés Richard Raaphost, El Ejército de Frankenstein (2013), es una de las mejores aportaciones al mito en tiempos recientes. El director, con quien tengo el privilegio de mantener comunicación, lo resume bien: “Frankestein vive entre nosotros. Creamos monstruos con la manipulación genética, Google y los avances de la tecnología. Eventualmente cruzaremos la línea. No puedo esperar a que las primeras de estas creaciones abandonen la fábrica”.

Mary Shelley y su Criatura me mantendrán muy ocupados durante su Bicentenario. Les mantendré informados.

 

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió la obra de teatro “El hombre que fue Drácula”. Coordinó con Vicente Quirarte el diplomado multidisciplinario “El Canon Frankenstein”, en la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional. Pueden leerlo en la columna “Tinta negra” de Mórbido y en su blog “Horroris causa”.

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Written by Roberto Coria
Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.