Sacudámonos de la melcocha que saturó ayer el ambiente.

El compromiso del actor británico William Henry Pratt –quien como saben adoptó el nombre artístico de Boris Karloff– con la producción de Frankenstein, quedó en manifiesto por el apretado horario que cumplió religiosamente durante la primavera de 1931:

4:30 Despertar

5:20 Viaje hasta el estudio

6:00 Acondicionar piel, desayuno ligero.

7:00 – 12:00 Maquillaje.

12:30 Colocar accesorios de piernas y cuerpo y botas lastradas.

13:30 Comida.

14:00 – 19:00 En el rodaje. Descanso para el té a las cuatro en punto.

19:00 – 20:00 Se retira el maquillaje.

20:00 Ducha fría, cena ligera, una taza de té y un masaje para volver a la circulación las piernas.

20:30 Regresar a casa.

20:30 En la cama, se estudia la escena del día siguiente.

Lo que nadie duda, es que fue un tiempo bien invertido. Con ayuda del genio del maquillaje Jack Pierce, Karloff realizó una de las actuaciones más poderosas de la historia del cine. Su imagen es imborrable: con la cabeza plana, la mirada vacía, los costurones en sus muñecas y los electrodos en su cuello. Ha pervivido el paso del tiempo e incluso es más vívida que la que la que le dio en 1816 la autora de la novela que desprende la película, la jovencita de 17 años Mary Wollstonecraft Shelley:

Su piel amarillenta apenas si ocultaba el entramado de músculos y arterias; tenía el pelo negro, largo y lustroso, los dientes blanquísimos; pero todo ello no hacía más que resaltar el horrible contraste con sus ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las pálidas órbitas en las que se hundían, el rostro arrugado, y los finos y negruzcos labios.

Como podemos ver, la descripción es completamente distinta a lo que conocemos. La de Christopher Lee en La maldición de Frankenstein (Terence Fisher, 1957) trata de emularla pero no aporta nada nuevo. He escuchado a más de uno decir que parece un zombi o una persona que sufrió un accidente automovilístico. De ahí podemos distinguir tres tendencias para dar vida a la Criatura:

  1. La que emula –completa o parcialmente- la estética Pierce-Karloff. Son las más abundantes. Esto es difícil de replicar pues, como dije, la presencia de Boris es imborrable. Así lo comprobaron –a la mala- nuestro querido Bela Lugosi cuando heredó el papel en Frankenstein contra el Hombre Lobo (Roy William Neill, 1943) o Glenn Strange en La mansión de Frankenstein (Erle C. Kenton, 1944), La mansión de Drácula (Erle C. Kenton, 1945) y Abbot y Costello contra Frankenstein (Charles Barton, 1948). El maquillaje del monstruo no responde a cualquiera. La productora británica Hammer trató de emular un poco el efecto, con variados resultados. La maldad de Frankenstein (Freddie Francis, 1964) o El horror de Frankenstein (Jimmy Sangster, 1970) lo comprueban. Un dato curioso sobre la segunda: en ella encarnó a la Criatura un actor de nombre David Prowse, quien 6 años después interpretaría al malvado Darth Vader, otro ícono del Séptimo Arte. Más cerca de nosotros se encuentran sus versiones en Van Helsing, cazador de monstruos (Stephen Sommers, 2004) o Víctor Frankenstein (Paul McGuigan, 2015). Por su penoso resultado, junto con las estúpidas –por decirlo amablemente- declaraciones de su director merece todo mi repudio.
  2. La que se deslinda completamente de la estética Pierce-Karloff, tratando de crear su propia identidad. La casa Hammer, tratando de ser innovadora, intentó hacerlo en Frankenstein creó a la mujer (Terence Fisher, 1967) y Frankenstein y el Monstruo del infierno (Terence Fisher, 1974). En la primera, el resultado de los experimentos del desquiciado Barón Frankenstein (Peter Cushing) fue una sensual mujer (Susan Denberg), completamente en el estilo de sus heroínas. En la segunda fue una bestia horripilante. Roger Corman, flamante Doctor Horroris Causa, hizo su aportación al adaptar la novela Frankenstein desencadenado del inglés Brian Aldiss. El resultado fue Frankenstein perdido en el tiempo (1990), cinta curiosa donde se dan cita la misma Mary Shelley (Bridget Fonda) y su hijo Víctor Frankenstein (Raúl Julia). En el extremo se encuentran las horribles criaturas de El ejército de Frankenstein (Richard Raaphorst, 2013), donde los irresponsables conocimientos vislumbrados por Mary pretenden ponerse al servicio de un verdadero monstruo: la Alemania nazi. Un año después, sirvió de pretexto para que Aaron Eckhart luciera un musculoso abdomen en Yo, Frankenstein (Stuart Beattie, 2014).
  3. La que intenta ser más fiel –en esencia o físicamente- a lo imaginado por la joven Mary. Creo que una de las más recientes –si puede decirse así a una película que tiene casi un cuarto de siglo- es la de Robert de Niro en Frankenstein de Mary Shelley (Kenneth Branagh, 1994). En esa misma línea se encuentran la Criatura (Rory Kinnear) de en las tres breves temporadas de la teleserie Penny Dreadful o la que vimos en la grandiosa versión dirigida por Bernard Rose –a quien debemos la indispensable Candyman– en 2015.

El tiempo juzgará la perdurabilidad de todas. Es un reto para todo cineasta que se aventure a volver a contar la historia el presentarnos una caracterización que nos deslumbre, conmueva y horrorice. Nuestro celebrado paisano Guillemo del Toro tiene la intención de hacerlo desde hace mucho tiempo, y en lo personal me parece más que capacitado. Los innumerables galardones que ha recibido recientemente lo acercan más a cristalizar su sueño. Y de paso, nosotros nos beneficiaríamos.

Para finalizar esta semana, les pido a todos los apasionados de Frankenstein –que vivan en esta Ciudad de México- que aparten los días 23 y 24 de febrero. Daré más detalles en la siguiente Tinta negra.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió la obra de teatro “El hombre que fue Drácula”.

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Written by Roberto Coria
Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.