A estas alturas del partido, a cuatro días de distancia, más de uno dirá que se siente agobiado por la repetición de una noticia conocida por todos. No pretendía escribir más sobre ello, pero lo haré a manera de conclusión de este capítulo. Más porque la situación lo amerita. Que el cine fantástico haya recibido el máximo trofeo de la industria cinematográfica de occidente no es algo menor, menos por el contrastante clima que rodeó el reconocimiento, abundante de entusiasmo de los devotos de su protagonista –entre los que naturalmente me encuentro-, animadversión y acusaciones absurdas que provenían de las fuentes más diversas. Me hubiera gustado ver el rostro de estos últimos en el momento en que se anunció su doble triunfo, primero como Mejor Director y luego –inesperadamente- de su más reciente trabajo, La forma del agua, como Mejor Película. En muchas maneras, se trató de la crónica de un triunfo anunciado si consideramos el camino que siguió en los últimos meses. Y no dejo de celebrarlo. Mientras escribo estas líneas escucho la también multipremiada partitura del francés Alexandre Desplat para la cinta. Juraba que la afortunada sería Tres anuncios a las afueras de Ebbing, Missouri (Martin McDonagh, 2017), una cinta grandiosa más acorde a lo que suele premiarse en esa contienda y que ganó en prácticamente todas las experiencias anteriores.


¿Por qué alegrarse por Guillermo del Toro? Definitivamente no por la simple coincidencia de haber nacido en el mismo país. Los enamorados de estos mundos aplaudiríamos por igual a un latinoamericano, a un inglés o un pakistaní. Todo va más allá del hoy tan popular “porque soy mexicano”. Lo hago porque es un artista que me ha acompañado desde mi juventud con obras que me han tocado en lo más profundo. El hombre cree fervientemente en las mismas cosas que yo. Si bien su ópera prima La invención de Cronos (1992) es su declaración de principios, su más reciente película es el refrendo de todas sus convicciones.

 


Cuando acudió al escenario del angelino Teatro Dolby a recoger su presea, al comprobar que su nombre efectivamente se encontraba en el sobre que instantes atrás leyó el veterano Warren Beatty, pude ver por un instante al niño que vive en su interior, ese que cree que lo maravilloso siempre es posibe y que todos deberíamos luchar por mantener vivo hasta el final de nuestras vidas.

¿Qué es lo que sigue para el cineasta? Hay que diferenciar entre lo que los aficionados deseamos y lo que conviene a los intereses y posibilidades del artista. Si a esas vamos, me fascinaría ver que la saga de su niño infernal (Hellboy) tuviera una conclusión, conformando así una trilogía. O ver finalmente realizada 3993, la historia que completaría su tríptico dedicado a la Guerra Civil Española. O su tan anhelada epopeya lovecraftiana En las montañas de la locura. Tras su victoria, espero que las productoras le entreguen cheques en blanco y completa libertad creativa. Definitivamente sabrá aprovechar la euforia y confianza en el género, así que ojalá voltee a lo básico. Hace muy poco hablé del disgusto que provocó a muchos el fallido Universo Oscuro de Universal Pictures. Si alguien conoce y respeta las raíces que nos legaron, es el cineasta tapatío. Si estuviera en la posición adecuada, lo ayudaría a materializar su acariciado sueño de dirigir una nueva versión de Frankenstein. No dudo que llenaría de dinero los bolsillos de la compañía, lo cual parece ser la preocupación principal de esta era. La forma del agua costó poco más de 19 millones de dólares y hasta el momento ha recaudado más de 126. Lo más importante: establecería una dirección y una estética que podría dar nueva vida –de la mano de talentos emergentes- a sus monstruos clásicos y les devolvería la dignidad que ellos mismos les arrebataron.

Él mismo reconoció en su discurso de aceptación la importancia de los herederos de la llama. “Quiero dedicar esto a cada joven cineasta, a los jóvenes que nos muestran cómo se hacen las cosas. En todos los países del mundo. Yo era un niño enamorado de las películas. Creciendo en México, pensé que esto nunca podría pasar. Pero sí pasa. Y quiero decirles que todos los que sueñan con usar la fantasía para contar historias sobre las cosas que son reales en el mundo de hoy, pueden hacerlo. Esta es la puerta, patéenla y entren”. Nombres como José Antonio Bayona y Andrés Muschietti comprueban su apoyo.

Si el cine de horror y fantasía no fuera un negocio redituable, no existirían kilométricas franquicias. Es necesario que dejen de verse con desdén, sólo como una mera fuente de estratosféricos ingresos. Creadores como Guillermo del Toro demuestran a cabalidad que lo comercial no está desligado de lo artístico, que pueden usarse para retratar nuestra realidad, invitarnos a cuestionarla y entretenernos de paso.
Sobre las posibilidades de Frankenstein, uno de los primeros romances del realizador, he visto estupendos ejemplos en tiempos recientes. Pero sobre ello discutiré en un par de semanas. Compromisos y nuevos proyectos me obligan a espaciar quincenalmente esta Tinta negra. Nos leeremos nuevamente el jueves 22 de marzo.
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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió la obra de teatro “El hombre que fue Drácula”.

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Written by Roberto Coria
Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.