Según la Real Academia de la Lengua Española, la palabra detective designa al policía particular que practica investigaciones reservadas y que, en ocasiones, interviene en los procedimientos judiciales. Si bien la figura de su opuesto, el criminal, es increíblemente atractiva por las razones que hemos discutido ampliamente en este espacio, su figura no sólo es necesaria en casi todos los planteamientos de ficción como su complemento, el balance ancestral de las fuerzas. En torno a él se ha edificado una tradición literaria –que naturalmente ha permeado a todas las manifestaciones artísticas- en la que suele señalarse como epicentro el cuento Los crímenes de la calle Morgue, escrito en 1841 por el maravilloso Edgar Allan Poe. Aunque a decir verdad, las cosas podrían remontarse un poco más atrás. Recordemos –por sólo citar dos ejemplos- la obra de teatro Enrique VI (1591) de William Shakespeare. En su Acto III, el Duque de Gloucester es encontrado muerto en su cama. El rey encomienda a Lord Warwick la resolución del misterio, pues hay dudas si el deceso se debió a causas naturales. Al arribar al lugar, Warwick hace la siguiente descripción:

Mirad, la cara está negra y llena de sangre,

los ojos, salidos de las órbitas más de cuando vivía,

tiene la horrible mirada del hombre estrangulado;

el cabello en desorden, abierta la nariz en la lucha,

las manos crispadas son de alguien que jadeó

y peleó por su vida, hasta que lo derrotó la fuerza.

Mirad el pelo pegado a las sábanas,

la barba bien cortada, agitada y desecha

como el trigo de verano que esparce la tormenta.

No hay duda de que aquí lo asesinaron,

la menor de estas cosas es la prueba.

La capacidad de observación, descripción y análisis de Warwick son las armas esenciales del investigador moderno de los delitos. En este pequeño verso establece que el homicidio se cometió en el lugar por la presencia de rastros de lucha, defensa y forcejeo y por la interpretación de los signos tanatológicos característicos en la muerte violenta por la obstrucción de vías respiratorias en su modalidad de estrangulamiento. En Zadig (1747) de Francois Marie Arouet, mejor conocido como Voltaire, encontramos el mismo tipo de excepcional habilidad, sólo que aplicada a la desaparición de la perra de la Reina y el caballo del Rey.

Pero regresemos al inmortal relato de Poe. Su puro inicio es una oda a las virtudes del pensamiento lógico, útiles para todo practicante de método científico. Lo uso inevitablemente en mis clases de Ciencias Forenses. Nuestro narrador declara: “así como el hombre robusto se complace en su destreza física y se deleita con aquellos ejercicios que reclaman la acción de sus músculos, así el analista halla su placer en esa actividad del espíritu consistente en desenredar. Goza incluso con las ocupaciones más triviales, siempre que pongan en juego su talento. Le encantan los enigmas, los acertijos, los jeroglíficos, y al solucionarlos muestra un grado de perspicacia que, para la mente ordinaria, parece sobrenatural”.

El personaje modelado por Poe es Auguste Dupin, un “joven caballero que procedía de una familia excelente —y hasta ilustre—, pero una serie de desdichadas circunstancias lo habían reducido a tal pobreza que la energía de su carácter sucumbió ante la desgracia, llevándolo a alejarse del mundo y a no preocuparse por recuperar su fortuna. Gracias a la cortesía de sus acreedores le quedó una pequeña parte del patrimonio, y la renta que le producía bastaba, mediante una rigurosa economía para subvenir a sus necesidades, sin preocuparse de lo superfluo. Los libros constituían su solo lujo, y en París es fácil procurárselos”. Fue protagonista de otras dos aventuras, El misterio de Marie Roget (1842) y La carta robada (1844), conformando un tríptico indispensable y que sin duda sirvió de inspiración en la concepción de otros detectives memorables, comenzando por Sherlock Holmes, quizá el más famoso –y mi favorito- de esta casta.

En su libro Historia del relato policial (Bruguera, 1972), el escritor británico Julian Symons señala al francés Eugène François Vidocq (1775-1857) como el modelo más claro en la creación de Dupin. El colorido y curioso individuo –un delincuente convertido en policía- adquirió una enorme popularidad en vida, la cual aumentó tras la publicación de sus Memorias en 1827. Sin duda la Historia ha sido benévola con él. Sus hazañas y contribuciones son empañadas por sus acciones. Suele usarse como un referente de la llamada Etapa equívoca de la investigación criminal. Su legado y presencia –nos guste o no dadas sus cuestionables raíces- es palpable en nuestros días. Phillip John Stead, su biógrafo inglés, afirma en Vidocq: una biografía (Staples, 1953) que impresionó la imaginación europea como detective, pues “encarnaba en una sola persona al ladrón y al perseguidor de los ladrones”.

Y a pesar de surgir y moverse en el realismo más contundente, al igual que algunos de sus colegas, ha tenido coqueteos con el horror y lo fantástico. Encarnado nada menos que por uno de los actores más talentosos de su país. Pero de ello platicaré en mi siguiente entrega.

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió la obra de teatro “El hombre que fue Drácula” y es co-conductor del programa de radio “Horroris causa”. Fue Perito en Arte Forense de la Procuraduría de Justicia capitalina.

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Written by Roberto Coria
Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.