“El fin del mundo es esta noche ¿entienden? ESTA MISMA NOCHE”. Mucho antes de esas palabras, Álex de la Iglesia ya me había atrapado con El Día de la Bestia, película mórbida española que hoy, 20 de octubre, cumple un cuarto de siglo.

Gulp. Esos saltos temporales son siempre desconcertantes. Aún recuerdo haber sabido “algo” de la película por medio de la calentura normal de un mequetrefe de 20 años, pues antes de cualquier otra cosa, mi mejor amigo en la universidad me mostró capturas de pantalla de la cinta en las novedosas Pentium 486 del “laboratorio” de computación, todas centradas en María Grazia Cuccinota. Y, después del morbo, empecé a preguntarme el por qué del título y qué demonios era ese macho cabrío en dos patas que estaba en otra de las imágenes.

Eran días oscuros. Las conexiones de Internet eran raras y, aunque ya se propagaba información de manera instantánea en todas direcciones, no era tan sencillo encontrar los pormenores de una cinta de género y menos si no era parte del circuito comercial. Aquellos que no teníamos idea de cómo contratar el servicio, vivíamos un mes a la vez, con discos compactos de America Online que nos servían para dejar sin servicio de teléfono a nuestras respectivas casas, a cambio de Internet gratuito. Los fascículos coleccionables dejaron de ser revistas para convertirse en CDs llenos de shareware, juegos viejos y tráilers de películas en la peor resolución posible. Así vi el avance de El Día de la Bestia por vez primera.

Aquí quiero hacer una anotación: como buen estudiante de comunicación en plena universidad, decidí que yo ya lo sabía todo acerca del cine y que aquél hecho en español, era siempre una basura. Sin embargo, un par de años antes, mi opinión había empezado a cambiar gracias a Tesis, de Alejandro Amenábar, una cinta que no solo era entretenida, interesante y terrorífica, sino que además, se veía y se escuchaba con una calidad superior al promedio. Demasiado pagado de mí mismo, mencioné la frase inmortal de todo aquél que piensa que el suelo no lo merece y “decidí darle una oportunidad”. Eventualmente, encontré una sala que proyectaba la cinta. Ya no recuerdo en dónde, pero es casi seguro que haya sido en el CUC de Ciudad Universitaria, en el antes Distrito Federal, en donde vi otras joyas, como Delicatessen y Perros de Reserva, cuando el nombre de Tarantino no significaba mucho y Jean-Pierre Jeunet no había filmado Amélie.

Lo que me había prometido la diminuta ventana que me mostró el tráiler en mi computadora, la pantalla me lo dio, multiplicado por 10. El Día de la Bestia me dio varios de los elementos que amé de las cintas de género de los 80: los héroes no eran necesariamente los más inteligentes ni eran físicamente perfectos, el Diablo era el enemigo a vencer, había humor por doquier y, como la cereza del pastel, estaba situada en la época navideña, un escenario que ha sido usado una y otra vez en el terror, con grandes resultados. Llevo en mi mente la imagen del padre Ángel Berriartúa (Álex Angulo), que intenta hacer el mal una y otra vez, para poder engañar a las fuerzas del mal, pero que marca las plantas de sus pies con la señal de la cruz, hecha a fuerza de apagar puros en su piel.

Fue también, la película en donde descubrí al gran Santiago Segura como José María, un metalero satánico (y de Carabanchel) y su enorme facilidad para hacer que me importara un burnout drogadicto. Les digo, en esa época, uno cree que lo sabe absolutamente todo y condena a diestra y siniestra. 

El tercer Rey Mago perverso de esta historia, fue Armando De Razza, como el charlatán Profesor Cavan, un falso psíquico y supuesto experto en lo paranormal, que en realidad solo lo hacía para atraer espectadores, fama y fortuna, por medio de su programa de TV. Entre los tres, se mueven por un caótico Madrid, lleno de violencia, un infierno por el que tendrán que caminar para salvar al mundo. 

Otros dos elementos que le dieron una calidad superior, fueron la música, aportada por Def Con Dos, de quienes sabía a partir de una amiga, que me había grabado un par de temas en un casete. Por otro lado, la imagen de Jose María y Ángel, colgados del anuncio de Schweppes, me convenció de que esta película estaba por encima de la media, gracias a la fotografía de Flavio Martínez Labiano, director de fotografía también en Perdita Durango y en Los Cronocrímenes, una película que existe gracias al camino que abrió Álex de la Iglesia. Y es que esa es una de las más grandes virtudes de El Día de la Bestia, que inspiró a toda una generación de aficionados y cineastas y demostró que el cine de género seguía vivo y que podía apelar incluso a una audiencia más heterogénea, pero aún con la sangre y los huesos de una verdadera película mórbida

 

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