Por Patricio Bidault

Nadie ha visitado Silent Hill sin abrirse paso por la temible y espesa niebla, disfraz de horrendas pesadillas y guía turística del infierno.

A finales de los noventa, el género del terror en los videojuegos, bautizado como survival horror, empezaba a cosechar sustos cuando, por primera vez, nos aventuramos al pequeño pueblo americano de Silent Hill junto con Harry Mason en busca de su hija Sheryl, quien, después de un accidente automovilístico causado por una figura fantasmagórica, desapareciera del asiento del copiloto de la camioneta de su padre.

Mientras los demás survival horror utilizaban la oscuridad como herramienta para crear ambientes macabros, donde temíamos abrir una puerta o siquiera dar la vuelta a la esquina, Silent Hill tomó una dirección distinta; el negro de nuestras pantallas de televisión fue reemplazado por el blanco, con un efecto aún peor: podíamos ver… sin ver.

Dicha herramienta fue tan efectiva que se convirtió en una característica irremplazable de la serie a pesar de los cambios sufridos a lo largo de los años, incluyendo a las dos versiones cinematográficas.

Y todo gracias a limitaciones técnicas del Playstation.

La primera consola de videojuegos de Sony no era lo suficientemente poderosa como para procesar gráficamente un pueblo entero lleno de edificios como las de ahora. La niebla permitió a los desarrolladores ocultar la mayor parte del pueblo para que el sistema fuera cargando los gráficos poco a poco—similar a las transiciones de las puertas en “Resident Evil”.

Una idea genial por parte de Team Silent—idea cuyo crédito pertenece, en parte, a Stephen King.

En “La niebla” (“The Mist”), de 1980, otro pueblo ya había sido invadido por una niebla que ocultaba algo más que moléculas de agua.

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En 1980, ésta cubrió por completo el pueblo de Bridgstone en un santiamén, dejando atrapados dentro de un supermercado a un grupo de sobrevivientes entre los que se encontraba David Drayton y su hijo Billy, y una fanática religiosa—la señora Carmody—cuya similitud con Dahlia Gillespie—la sacerdotisa responsable de los terribles eventos ocurridos en Silent Hill—no puede ser mera coincidencia.

Tampoco es coincidencia que la primera criatura que nos hizo saltar y maldecir en “Silent Hill” fue un ser volador de carácter prehistórico que entra en escena rompiendo una ventana. Los sobrevivientes de “La niebla” se enfrentan con esa misma amenaza la primera noche que pasan dentro del supermercado.

Los desarrolladores de Team Silent no han ocultado la influencia que muchos autores de terror han tenido sobre su trabajo. Basta con recorrer las calles del temible pueblo para darse una idea de a quién se refieren, ya que éstas cuentan con nombres como Bradbury Street, por Ray Bradbury; Koonts Street, por Dean R. Koontz; y, claro, Bachman Road, por Richard Bachman—también conocido como Stephen King.

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